En la primera nos comieron los mosquitos mientras nos dirigiamos al barco hundido por en medio de la isla, así que tuvimos que salir a la orilla. Daniel y yo resultamos ser las víctimas preferidas de tan desagradables insectos.
Una vez en nuestro destino todo fue excelente. Nos bañamos, pero sobretodo, esnorqueleamos. Gabriel con sus siete años lo hizo muy bien para ser la primera vez; quedó encantado con todo lo que vió. Incluyendo a las atrevidas lagartijas azules que se metieron en nuestro bolso y rompieron la bolsa de las empenadas.
Daniel dijo que le gustaba la piscina-playa y que quería volver. Le gustó mucho jugar en la orilla con mamá y con Granny, y también nadó un poco con la ayuda de su chaleco.
Al siguiente día fuimos a Chichiriviche dispuestos a explorar los rincones antes desconocidos por nosotros en una lancha que alquilamos por un día.
Nuestro sitio favorito fue la Cueva del Indio, tan solo allí tomamos como cincuenta fotos. Luego fuimos a varios cayos, donde nos bañamos e hicimos más esnorquelín. Además fuimos a un bajo, es decir, un sitio que no es playa porque no hay arena fuera del agua, pero donde el agua solo tiene una profundidad de alrededor de un metro. Allí el guía nos sacó varios especímenes del agua para que los vieramos y, algunos, los tocarámos.
Sacó una langosta que luego devolvío al agua. Yo nunca las había vist
o nadar, son muy rápidas. Sacó un pez mariposa en una bolsa, un erizo y también unas estrellas de mar pequeñas que nos caminaron por la mano como si fueran arañas.Eran como un pentágono negro del tamaño
También vimos una estrella de mar grande, de unos 30 cm de diámetro, que sí parecía un pentagono toda ella. No era flexible como las pequeñas, y era de un naranja rojizo por arriba y amarillo por abajo. De esta sí pudimos tomar una foto.
Los que nos metimos debajo del agua con la máscara pudimos ver también a una morena muy de cerca, sobretodo yo, porque después de que salió de la roca en la que se escondía vino directo hacia mí.
En ese bajo nos dio la hora de la comida, y allí mismo había un restaurant marino (o sea una lancha) que vendía mariscos frescos y deliciosos con arroz. Fue todo un lujo comer tan rico en el medio de ese paisaje playero tan bonito.
Allí Rafa le contó a los niños sobre la batalla de Carabobo, Simón Bolívar y la independencia.
Después de un rico almuerzo de pabellón, patacón, jugo de tamarindo y papelón con limón nos regresamos a Valencia.
Hicimos más visitas a amigos y familiares y el fin de semana nos regresamos a Caracas para tomar un avión de regreso a casa. El avión tenía pantallitas individuales con películas y juegos, así que los niños estuvieron muy entretenidos, tanto que Daniel no quiso dormir, y llegamos todos agotadísimos a casa.
