Desde que nos mudamos, hace casi dos años, yo he querido quitar el papel tapiz de la entrada, las escaleras y el pasillo a los cuartos porque aunque es bonito --azul claro con flores blancas discretas-- resulta muy deprimente en los meses de invierno cuando hay pocas horas de luz al día.

Además, Daniel se ha encargado de encontrar todas las puntas despegadas y halarlas hasta romper el papel. En fin que ya hacía falta quitarlo.
El fin de semana pasado, después de mucho averiguar cómo hacerlo, finalmente me armé con agua, una esponja enorme y una espátula y comencé el lento pero placentero proceso. Fue bastante fácil en sí: simplemente mojar el papel, arrancar la parte superior con el diseño, luego mojar la parte aún pegada a la pared, dejar pasar unos minutos para que se diluya un poco el pegamento y con la espátula sacarla suavemente. Finalmente, pasar la esponja limpia para quitar restos de pegamento.
Más tarde, Rafa se unión a la diversión y por supuesto los niños también. Daniel quería ayudar a toda costa, fue muy difícil mantenerlo ocupado sin que hiciera un desastre, pero sintiendo que en verdad colaboraba y hacía exactamente lo mismo que nosotros. Gabriel no tenía tanto entusiamo, pero en fin, somos un equipo y tenemos que trabajar juntos.
Nos tomó día y medio quitar todo el papel. Lo más difícil fue una esquina de las escaleras que estaba muy alta y hasta con la escalera costó un poco llegarle. Al final me subí yo mientras Rafa sujetaba bien la escalera.

Al ver nuestro trabajo terminado nos sentimos todos muy orgullos. Y descubrimos que debajo del papel estaba pintando de amarillo con unos esténciles de flor de lis azules. Aunque queremos pintar de amarillo, el tono actual es demasiado fuerte.
Ahora solo queda lijar y llenar algunas irregularidades para luego poder pintar. Y ya tenemos la pintura, los rodillos y todos los materiales necesarios.
Y ahora viene el final triste, al menos para mí.
El día de mi cumpleaños, el 10, le di una capa amarilla a las flores de lis para que no se vean cuando pintemos. Cuando terminé se me ocurrió probar si la lija que teníamos serviría para lijar algunas imperfecciones.
Comencé abajo, luego subí un escalón y luego otro. En eso, uno de los niños me habló y me di cuenta que tenía que preparar el almuerzo inmediatamente para que nos diera tiempo de comer antes de salir (íbamos al club de lectura y a celebrar mi cumple con otra amiga y su hijo quienes también cumplen el 10 de octubre.)
No me acordaba en lo absoluto que estaba en el segundo (¿o tercer?) escalón y cuando di el primer paso con decisión, mi pie derecho, seguido de todo mi cuerpo, no encontró apoyo y cayó. Mientras caía sentí como mi pie tropezaba con un escalón y todos mis dedos se doblaban hacia arriba, después todo el peso de mi cuerpo se desplomó sobre mi pie ya en el suelo.
Está de más decir que me dolió muchísimo, como nunca. Estuve 30 minutos en el suelo cogiéndome el pie y gritando del dolor, tratando de hacerlo un poco más rítmico para que los niños no se asustaran tanto. La verdad me extraño que con tanto escándolo no viniera ningún vecino ni llegara la policía. Obviamente se me olvidaba que esto es Inglaterra.
Cuando pude hablar le pedí una bolsa de hielo a Gabriel y después pasé otros 30 minutos llorando. En ese momento los niños ofrecieron abrazarme, pues antes les había dicho que no me tocaran, y fue muy reconfortante.
Más tarde al ver que el dolor no mejoraba y que no podía caminar, y después que Rafa viniera a casa --rompiendo el récord mundial de velocidad en bicicleta-- llamamos al servicio médico telefónico y me recomendaron ir a urgencias. Yo me lo temía, pero la verdad es que no me apetecía en lo absoluto pasarme un mínimo de dos horas en el hospital, y menos en mi cumpleaños :-(
Al final de la tarde, me llevó al hospital el esposo de una amiga, mientras Rafa se quedaba con los niños, y allí me confirmaron que tengo un hueso del dedo meñique roto. ¡Caramba, hay que ver cómo duele para ser tan pequeñajo!
Tengo cita con el traumatólogo el miércoles que viene, pero no parece que me hagan más de lo que ya me hicieron. Me dieron muletas para no tener que apoyar el pie, y pegaron el dedo pequeño al siguiente con cinta para que no se mueva mucho.
Mientras tanto me pongo al día con el blog y con las fotos que les debía, y el pobre Rafa está haciendo de papá y mamá a tiempo completo. Afortunadamente, mis amigas se han coordinado para llevar a los niños a casi todas sus actividades, así que no se pierden de tanto y no se aburren en casa. Aún así me vuelven un poco loca cuando están aquí, pero eso ya es lo normal :-)